El PRI advierte que México vive una crisis económica y democrática: mientras la inflación golpea a las familias, Morena concentra el poder y socava las instituciones que garantizan la libertad y el equilibrio de la nación.
La comparación entre los gobiernos del PRI y el actual de Morena se refleja con contundencia en los bolsillos de la ciudadanía. Durante décadas, el PRI impulsó políticas económicas que, aunque perfectibles, lograron consolidar periodos de crecimiento, desarrollo industrial, atracción de inversión extranjera y creación de infraestructura que sentó las bases del México moderno. La diversificación de la economía, la apertura comercial y la estabilidad de los mercados permitieron que millones de familias alcanzaran mejores niveles de vida y que el país se integrara con fuerza a la economía global. Hoy, en contraste, los mexicanos enfrentan una inflación persistente que, de acuerdo con cifras oficiales, ha encarecido la canasta básica hasta en un 20% en los últimos años, con aumentos constantes en productos esenciales como la tortilla, el huevo, la leche y los combustibles, lo que refleja una gestión deficiente en el manejo de la economía nacional.
El gobierno de Morena insiste en presentar sus programas sociales como la gran solución a los problemas estructurales del país. Sin embargo, estos apoyos, que en su mayoría consisten en transferencias directas, no han generado movilidad social ni estabilidad económica. Al contrario, han servido como un mecanismo clientelar para asegurar votos en las urnas, mientras que se descuida la verdadera tarea de gobernar: generar empleos bien pagados, incentivar la inversión privada, apoyar a las pequeñas y medianas empresas, y rescatar al campo del abandono en que hoy se encuentra. Con el PRI se promovía el crecimiento productivo, con Morena se recurre al asistencialismo que solo maquilla la pobreza, pero no la combate de raíz.
Lo más preocupante no es únicamente la crisis económica, sino el rumbo político que Morena está trazando. El PRI ha alertado con firmeza que Morena pretende instaurar en México un modelo de dictadura. Una dictadura se caracteriza por la concentración del poder en una sola figura o partido, el debilitamiento o la destrucción de la división de poderes, la eliminación de contrapesos institucionales, la persecución sistemática de la oposición y el control de los medios de comunicación para imponer un discurso único. Significa gobernar sin transparencia, sin rendición de cuentas y sin respeto a los derechos fundamentales de los ciudadanos. Y eso, precisamente, es lo que estamos observando hoy: el Ejecutivo federal interviniendo en el Legislativo, buscando someter al Poder Judicial y atacando a los órganos autónomos que garantizan la democracia, como el INE o la Suprema Corte.
El intento de Morena por centralizar el poder no se queda ahí. Desde el uso de la Fiscalía General de la República para hostigar a opositores, hasta los embates contra periodistas y medios de comunicación críticos, el oficialismo ha construido un ambiente donde la disidencia es perseguida y la crítica es descalificada. Además, han buscado capturar a los órganos reguladores y neutralizar a instituciones clave para la rendición de cuentas. La concentración del poder político, sumada al colapso en materia de seguridad y al fracaso económico, coloca a México en una ruta sumamente peligrosa: la de los países que pasaron de democracias vibrantes a regímenes autoritarios disfrazados de movimientos populares. No es casualidad que voces internacionales adviertan sobre los riesgos que enfrenta nuestra nación.
El PRI recuerda con claridad los ejemplos cercanos en América Latina. Venezuela, una nación que alguna vez fue referente en desarrollo, cayó en la trampa del autoritarismo bajo el pretexto de gobernar para el pueblo. El resultado fue un país devastado por la pobreza, la migración forzada, la inseguridad y el aislamiento internacional. Hoy, millones de venezolanos han huido buscando mejores condiciones de vida. En México, Morena recorre peligrosamente esa misma ruta: atacar a las instituciones, minar la democracia y desmantelar el equilibrio de poderes. La economía estancada, el aumento de la pobreza y el deterioro de la seguridad son señales que no se pueden ignorar.
Por ello, el PRI sostiene que no se trata de un discurso opositor, sino de una advertencia fundada en hechos y realidades. Con el PRI, la economía crecía, los empleos se multiplicaban y México avanzaba con certidumbre democrática; con Morena, lo único que crece son los precios, el autoritarismo y el riesgo de perder nuestras libertades.